La censura en correos :

Al quedarme sin trabajo en intendencia, Plantalamor me ofreció el cargo de cartero del batallón. Tenía que recoger las cartas diariamente en la oficina de correos, repartirlas en las compañías y ayudarle a censurar las que salían y las que se recibían.

Era obligado abrir las cartas que llegaban, y leerlas antes de entregarlas a sus destinatarios. La censura rompía las cartas que no eran escritas en lengua castellana. A veces, esta labor la hacía yo totalmente sólo. Jamás intercepté ninguna.

Era divertido leer cartas de todos los rincones de España y comprobar los trucos para burlar la censura dando una noticia simulada a fin de despistar. Para explicar que alguien estaba en la cárcel se decía que estaba de vacaciones, que había ido a pasar una temporada a un hotel… Para dar la noticia de una muerte solían decir que había ido a un largo viaje. Las cartas de los familiares eran, en su mayoría, lamentos de trágicas situaciones, de situaciones patéticas, de una represión que era casi peor que la guerra.

Las cartas que se enviaban desde el batallón de prisioneros debían depositarse al buzón abiertas, para poder ser leídas una a una, y después cerradas y selladas con el tampón de la censura.

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